Literatura Infantil, Redacción

El hada Celina

La princesa Malena se despertó sola para ir al colegio del reino, bien tempranito, como lo hacía cada mañana. Ya no hacía falta que vinieran la reina, el rey o su institutriz a decirle que se levantara, porque ella estaba grande para tener algunas responsabilidades y además, ya tenía la costumbre de despertarse a la misma hora, todos los días. Todavía  en la cama refregó un poco sus ojos con las dos manos. Estaban llenos de las lagañas, esas que pegan nuestras pestañas durante la noche y que cuando recién nos despertamos no nos dejan ver del todo bien. No bien pudo distinguir con claridad la opaca luz del día, se dio cuenta de que estaba nublado, porque el rayito de sol que siempre traspasaba la cortina, parece que hoy jugaba a las escondidas.

Un trueno estrepitoso resonó en toda la habitación.

Requeté asustada y medio a tientas, porque en la casa cada integrante de la familia recién se estaba levantando de dormir y estaba todo, todavía bastante oscuro, Malena bajó por las escaleras, desde su dormitorio a la cocina. Como quien no quiere la cosa, espió un poquito por la ventana y vio que el piso del patio estaba mojado. Después volvió a mirar pero esta vez enfocando la vista para arriba, entonces advirtió que el cielo estaba muy gris. Sin embargo, los nubarrones se veían con cierta gracia. Una nube grande pareció guiñarle un ojo, pícaramente.

Otro trueno.

Malena subió casi corriendo las escaleras y una vez en el dormitorio, se metió de nuevo en la cama. El silencio de los pajaritos anunciaba que ya llovía copiosamente. Sólo se oían, en la casa  vacía, el crepitar de las gotitas de agua contra el techo de chapa y los ronquidos del hermano mayor, en el cuarto de al lado. La reina y el rey ya se habrían ido al otro lado del palacio para comenzar el día planificando nuevas órdenes. Se habrían levantado, tratando de hacer mínimo ruido para que la princesa Malena y su hermano mayor no notaran nada y siguieran durmiendo plácidamente. Total con ese día, tan feo, ninguno de los dos iba a ir al colegio, mejor que se quedaran en el palacio.

Pero lo que nadie había sospechado, ni la cocinera, ni su institutriz, que ya comenzaban las tareas diarias, era que la princesa Malena estaba despierta y muy temprano había bajado a la cocina y  que había espiado por la ventana y lo que menos se iban a imaginar es que, al parecer, un nubarrón le había guiñado un ojo.

La princesa, se asomó, entonces, por debajo de las sábanas, ya no tenía nada de sueño. Estaba pensando en aquella nube, en si sería real o le había parecido a ella, lo de la sonrisita pícara. Fuera lo que fuera, lo que había pasado en la cocina la animó a salir de la cama y bajar de nuevo. Poniéndose su coronita de entrecasa, esta vez, ya frente a la ventana, Malena corrió decidida la cortina de la ventana y miró hacia el cielo sin miedo. El nubarrón seguía ahí, suspendido en el aire, con la misma cara grande que hacía un rato, con los mismos ojos, dispuestos a parpadear con picardía. Sigilosa, la princesa Malena echó una mirada general alrededor del patio lluvioso y como hoy parece que las sorpresas no terminaban, pudo divisar que algo pequeño se movía sobre el pétalo de una flor.

-Debe ser una gota de lluvia- pensó, sin darle demasiada importancia al asunto. Pero por alguna razón, volvió su atención sobre aquel pétalo. Y vio que era una mariposa que aleteaba sin parar, posada sobre la planta. Sin embargo era raro encontrar una mariposa aleteando en un día tan nublado y lluvioso.

-¿Estaría perdida?, ¿se habría olvidado de que no había sol esa mañana? ¿Se despertaría todos los días sola, por costumbre, igual que ella? Quizás sin pensar habría salido y con el apuro no se dio cuenta de que no era una mañana para volar entre las flores…- Todo eso pensaba Malena, mientras observaba a ese extraño ser que aleteaba o tiritaba de frío.

-¡No te asustes!, exclamó Celina. ¿Celina?

–Me llamo Celina. Soy un hada. Vengo todos los días a buscar néctar de las flores de este patio.

-¿Néctar? ¿Cómo las mariposas?… Me estás diciendo mentiras, ¡no eres un hada, eres una mariposa! Y las hadas no existen y las mariposas no hablan- empezó a decir Malena pero pronto se dio cuenta de que, de todas formas las mariposas nunca hablaron, así que para el caso también daba lo mismo que fuera o no fuera un hada.

-Soy el hada Celina. Vengo todos los días a este patio y me quedo quietita, aleteando sobre el pétalo de cualquier flor.

-Pero yo nunca te vi… y si te hubiera visto, habría pensado que eres mariposa. Y hoy que llueve y truena, seguro que te confundiste y no tendrías que haber venido.

-Ahh!- Suspiró Celina, -¡lo que más me gusta es salir cuando los días están nublados!

-Pero cómo, ¿no dices que vienes a buscar néctar?, ¿no tienes miedo cuando los días están tan  lluviosos, de que se mojen tus alas delicadas y rompan?

-¡Todo lo contrario! Mis alitas necesitan agua para estar siempre limpias y por más de que se vean frágiles y delicadas, no por ello son menos resistentes.

-Y cuéntame-, siguió la princesa Malena, ya empezando a entusiasmarse con la conversación, -¿por qué te gusta tanto venir al patio de este palacio, aunque esté lloviendo?

-Te voy a contar un secreto- dijo el hada Celina, bajando el tono de voz, que era medio chillón, como el de todas las hadas. –En el pedacito de cielo que le toca al patio de este palacio, casi siempre juega mi amiga, la nube más divertida que haya podido encontrar.

Malena pensó, ¿Será ese pícaro nubarrón que antes me guiñaba un ojo?

 

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