Redacción

Hasta que choque China con África.

“Hay momentos en que la distancia óptima es el abrazo.”

C. E.

Ya me habías salvado la vida una vez. Entonces, ¿por qué habría de sorprenderme que hayas vuelto a hacerlo nuevamente?

La verdadera amistad tiene esos momentos inexplicables que van más allá del entendimiento humano. Casi sin que nos demos cuenta, contar con un amigo nos ayuda a seguir viviendo y mágicamente, en algunas ocasiones, la amistad nos salva literalmente, la vida.

A fines del año 1994 terminábamos la escuela primaria. Con mis compañeros de grado fuimos de viaje de egresados a la ciudad de Carlos Paz, en la provincia argentina de Córdoba.

A esas alturas de nuestra vida, Giselle (la China), Laura Brenda y yo, ya podíamos decir que éramos amigas incondicionales. Sin embargo, durante el tiempo transcurrido en la semana que duraba el viaje habíamos acordado implícitamente no estar tan “pegadas” las tres, como también todos nuestros compañeros nos tenían identificadas. Y este era, realmente, una suerte de pacto saludable hecho para no recaer en aquel vínculo único y quizás envidiable, que luego sabíamos que nos podía costar muy caro pagar, con los demás compañeros, de vuelta en el grado.

Un día, nos llevaron de excursión a un complejo recreativo con pileta de natación incluída. En el predio había varios contingentes de chicas y chicos provenientes de distintos colegios. Todos disfrutando del tan ansiado “viaje de egresados”. Sin ser la excepción, con mis compañeros nos tiramos a la pileta, que estaba llena de niños jugando en el agua, al primer aviso. Entre risas empezamos a empujarnos a nosotros mismos, también jugando un juego algo perverso que, oportunamente, encierra un poco de maldad y resentimiento en el fondo… En un momento los empujones de una de mis compañeras empezaron a ser consecutivos. Yo no sabía (Y aún no aprendí) nadar. De pronto me encontré en un mar bravío, sola y ahogándome. Tragaba agua que se me metía sin permiso por la boca e inundaba todo mi ser. No podía ver nada ni a nadie en ese momento. Es como si hubiese estado sola en medio de un océano gris y ya calmo. Entonces pensé que la hora de mi muerte había llegado y no pude más que entregarme al tan discutido mecanismo cerebral en que todas las escenas previas al deceso se presentan en forma de viñetas fotográficas.

China, te divisé como parte de un milagro en la orilla de la pileta. Y fuimos sólo ambas en aquel instante. También me viste, a lo lejos, ahogándome. Me llamaste y levanté un brazo y ahí nomás te diste cuenta de que ya no podía articular palabra. Me dijiste: “Esperá, quedate ahí quieta que ya voy a buscarte.” Confié en tus palabras y luego me dejé llevar por vos, que ya te aproximabas, mesiánicamente, para salvarme la vida.

Años más tarde, cuando estuve en terapia intensiva, una noche la China fue a cuidarme. Por esos días yo me encontraba casi intratable, casi insufrible, especialmente en la relación con mis seres queridos y más allegados. La China se despedía de Cristian (mi pareja), a quien relevaba en la compañía que requería mi internación. Con un fraternal abrazo, la China y Cristian se despidieron y yo, viendo la escena desde mi lecho, sentí que ella le deseaba fuerzas a él para continuar resistiendo ese difícil momento. No me equivocaba pero sin embargo, interpreté que ambos se daban aliento y se compadecían ante mi irritante carácter. Al quedar en la sala de internación solas, empecé a gritarle mis reclamos a mi amiga. Que por qué se abrazaban y se compadecían entre ellos, si la que estaba sufriendo mayormente era yo. Y que dejara de darme la razón, como si estuviese “loca”… Todo eso gritaba yo, sin razón aparente.

China, te acercaste a mi lecho de enferma con sigilo. Fuiste hablándome suavemente y en un idioma que sólo nosotras y en ese momento fuimos capaces de entender. Un idioma tan primario que ya no seríamos podríamos recordar. Sin dejar de balbucear, comenzaste a acariciar mi cabeza y mi pelo enredado. Me calmé. Y una vez más, me salvaste la vida.

El otro día les conté la anécdota del viaje de egresados a mis compañeros de trabajo. Al rato, recibí por whatSapp un mensaje en el grupo que tenemos junto con Laura y que hace tiempo no usamos. Era una foto que mandaba la China, de un cumpleaños suyo, durante nuestra primera infancia. Estábamos las tres juntas, como cada vez. Miré la foto y la aprisioné contra el corazón. Y comprendí, entonces, que esta amistad aún me ayuda a seguir viviendo.

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