Redacción

Deconstruyendo…

“Tengo mi propia versión del optimismo. Si no puedo cruzar una puerta, cruzaré otra o haré otra puerta. Algo maravilloso vendrá, no importa lo oscuro que esté el presente.” 

Rabindranath Tagore

Una de las frases que marcaron mi infancia y que, seguramente, influyeron de manera cuasi inconsciente, en la posterior elección de la que fue y sigue siendo, de algún modo, mi profesión, afirmaba: “Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría.” Seguramente, tal proposición habrá sido tomada por mí, como una suerte de verdad absoluta, como una convención o algo así, tanto, que nunca la pude olvidar y aún la veo, escrita y enmarcada, colgada en un cuadro de la pared, en la Casa de los Niños de Avellaneda, en Piñeiro, a la vuelta de mi casa.

Yo iba a los consultorios externos de la Casa de los Niños cada semana, porque mi mamá me llevaba para que la enfermera me aplicara una vacuna en el brazo, contra mi alergia rigurosamente diagnosticada (al polvo, al pelo de perro, al pelo de gato, al algodón y a las plantas Ambrocias). Muchas cosas parecían estar decretadas en mi vida, quizás un poco corta cronológicamente para semejantes acepciones.

Allí veía el cuadro, cada semana. Inmóvil. Sin su autor indicado al final del escrito. Más tarde supe que la frase se le atribuye a Rabindranath Tagore pero eso fue realmente, mucho más tarde. Yo la leía para adentro. No la comprendía pero se me imponía más cada vez. Y de repente bajaba las escaleras alguna nena o nene que venía a preguntar algo o a espiar con perspicacia. Entonces, yo me preguntaba: ¿Qué harán allá arriba, a qué jugarán?, ¿qué comerán?. Todo era tan misterioso y familiar al mismo tiempo…

Un día, mi papá llegó de viaje (porque trabajaba embarcado y se ausentaba durante meses) y al reencontrarse con mi hermana y conmigo, se ve que advirtió que, la belleza natural de sus retoños, no se condecía con la ubicación que habían adquirido sendas dentaduras. Rápidamente, conversó el tema con mi mamá, quien hasta ese momento parecía no haberse dado cuenta de aquel obstáculo que aún no había logrado entorpecer tanta idolatría y admiración maternal. No obstante, al poco tiempo, las tres nos encontrábamos en la sala de espera del Hospital de Odontología pediátrica, de la calle Muñiz 15, del barrio de Almagro, en Capital Federal. Mi hermana mayor y yo íbamos a iniciar tratamiento de ortodoncia. Esa misma tarde, nos tomaron los moldes para los aparatos (removibles). Yo estaba, realmente muy contenta. Porque la verdad es que, en ésa época, usar aparatos me podía dar una entidad especial dentro del grado (en la escuela). Popularidad que yo no estaba acostumbrada a tener. Qué sé yo, estaba de moda usar aparatos.

Mi tratamiento de ortodoncia terminó durando unos cuatro años. Porque, como dije, los aparatos que usaba eran removibles y con el tiempo, me fui cansando y sólo me los ponía de noche, para dormir y la moda ya había pasado. Entonces, por consiguiente el tratamiento se extendía.

Mi hermana ya había dejado de ir a ese Hospital hacía algún tiempo, porque ella sólo usaba aparatos de arriba y porque al ser mayor que yo y tener un carácter más implacable, un día declaró que no iba a continuar con la ortodoncia porque consideraba que ya había sido suficiente y que su dentadura se veía corregida. Yo, en cambio seguí yendo, con mis aparatos debidamente higienizados. El de arriba y el de abajo. Cada vez, la odontóloga que me atendía les iba aflojando y ajustando un tornillito, señal de que iba creciendo, de que se me iba desarrollando la mandíbula. Como ya era medio vitalicia del Hospital, empecé a participar de distintas actividades, dentro de la institución. Un día, al revisarme la boca, mi odontóloga descubrió que tenía una caries. Luego de mortificarme y hacerme sentir una de las peores pecadoras de la historia, me indicó que fuera al primer piso. Primero, a cepillarme los dientes, del modo correcto en que allí se me había enseñado desde un principio. Luego, a que amalgamaran la caries para poder así continuar con el tratamiento de ortodoncia. Recuerdo que yo tenía la uñas pintadas de color rojo y la dentista miró mi mano y con indignación me dijo: “Parece que tenés tiempo para pintarte la uñas pero no para lavarte bien los dientes”. Más tarde fui presa de una alergia cutánea bastante terrible, producto del esmalte de uñas pero eso pertenece a otro capítulo, creo.

Un día, ni bien entré a la gran sala de atención odontológica, fui conducida por una profesional que me tomaba por los hombros, hacia un gran espejo. Cuando ambas estábamos frente al mismo, ella me dio una pastillita rosada y me indicó que me la pasara alrededor de las encías. Luego, me preguntó de qué color me habían quedado. Yo, ingenuamente, le respondí: rosa fuerte, casi fucsia. “Es porque tenés las encías enfermas, Tenés que aprender a cepillarte bien los dientes”. A mi izquierda había un enorme cuadro colgado de la pared. Tenía la foto de una nena con la cabeza reclinada sobre una mesa. Y una frase ya conocida por mí. Una frase que quizás empecé a comprender a partir de ese día: “Yo dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y ví que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría”.

Ya lista para ser atendida por la odontóloga, sentada en el diván pude ver cómo aquella profesional acompañaba a otros chicos hasta el gran espejo, siempre tomándolos por los hombros, o sea que uno era quien iba adelante y ella siempre detrás. La observé con mayor detenimiento. En una mano, sostenía un bastón finito y blanco. Al salir mi mamá me comentó que esa profesional era no vidente.

 

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