Literatura

Papeles inesperados

Un encuentro amorosamente obsesivo u obsesivamente amoroso con la literatura fue de la mano de Julio Cortázar.

Apareció en la vidriera de una librería de la calle Florida, en Capital. Era un diminuto libro de la editorial Alianza cuyo logotipo marcado a fuego decía “Alianza 100”. El título: “El Perseguidor”. En aquel entonces costaba, tan sólo $1,00. Me apareció justo en el momento indicado. Mi maestra de 7º, nos había mandado a leer, como tarea, algún texto de autoría argentina. A modo de guía anotó una lista de referencia en el pizarrón, con una serie de autores recomendados. Allí se encontraba Cortázar. Reconocí inmediatamente su nombre aquella tarde de domingo mirando vidrieras por Florida, casi como por inercia. Mi familia veía otras cosas. Y yo discos, libros, pinturas… Ya siendo como una de esas personas condenadas a asistir al mágico y  enmarañado mundo de lo artístico. Más allá de los requerimientos de la docente, en una Educación General Básica que ya se encontraba en pleno declive.

Encontré el libro y tan sólo costaba $1,00. El destino obligaba a comprarlo, a que fuese mío, a que descubriera de qué se trataba. Quién era Charlie Parker y quién era Julio Cortázar. Y que el primero no era ficticio. Y que su historia era digna de ser contada. Y que la había escrito Cortázar. Y el Jazz y el Blues. Y así…

Así que lo terminé de leer en una tarde. O no recuerdo si esa misma noche, cuando llegué a casa festejando silenciosamente, que mi aburrido paseo familiar se había transformado por completo.

En una de las ferias del libro que se celebran, anualmente, en Buenos Aires compré una obra póstuma de Julio Cortázar, titulada “Papeles inesperados”. Se trata de un compendio de escritos que el autor habría ido descartando y dejando, arrumbados, en algún cajón de su escritorio. Ya en avanzada edad y a muchos años del fallecimiento de Julio Cortázar, quien fuera su esposa, Aurora Bernárdez, junto a Carles Álvarez Garriga, decidieron acudir a Alfaguara, a efectos de editar un nuevo libro que reuniera esos impecables bocetos.

A esa altura, yo ya había leído casi todo sobre la vida y obra de Julio Cortázar, con lo cual, ni bien me enteré de la aparición del libro, casi diría que lo compré con los ojos cerrados. Ya no importaba si iba a leerlo o no, el objetivo era tenerlo, poseerlo. Mi dormitorio permanecía atestado de libros y fotocopias por doquier. Debajo de la cama, apilados en cualquier rincón, ordenados por colección en mi biblioteca y forrados con papel de diario para que las tapas no se percudan. Allí, como en una suerte de habitación del “lobo estepario”, de Hermann Hesse, fue a parar mi flamante adquisición. Es tan cierto lo que digo, que no podría contar ni siquiera de qué se trata alguno de los relatos…

Ayer estaba limpiando un poco mi casa y de repente, entre los libros llenos de polvo y “tierrita” apareció, tímidamente, “Papeles inesperados”. Lo agarré, le pasé el trapo húmedo con frenesí, sentí cómo latía mi corazón, taquicárdicamente. Acá está, sobre la mesa, al lado mío, mientras escribo. Conmigo, en cada momento del día. Esperando ser, inesperadamente, leído.

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