Redacción

Historias mínimas en la Argentina del 2003

“El ser social determina a la conciencia social”.

Roque Dalton.

El 27 de abril se iban a celebrar las elecciones presidenciales en Argentina. Sin embargo, el año 2003, hasta ese entonces continuaba siendo un hervidero. Las reivindicaciones sociales chorreaban furor. Cualquier disputa callejera terminaba en amenaza de empoderamiento popular. La unión hacía a la fuerza como hacía quién sabe cuánto no sucedía, como algunos jamás habíamos vivido. El “cacerolazo de la clase media”, el ” movimiento piquetero” y los “saqueos  a supermercados”, entre otras empresas, se unían en una sola voz.

Ser un intelectual orgánico o ser obrero daba lo mismo, ambos eran complemento perfecto y se unían en una capa de la sociedad que más tarde o más temprano se encontraría en algún club de trueque.

Ya había hecho un año del asesinato, a manos de la policía Bonaerense, de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. La “Masacre de Avellaneda” mostraba que el terrorismo de Estado aún continuaba y amenazaba.

Salió de la sede de Marcelo T., de la Facultad de Ciencias Sociales, caminando hasta el subte como casi todas las noches y lo tomó hacia Plaza Constitución. Viajaba en el ferrocarril de la línea Roca y como cada jornada, ya estaba acostumbrada a no sacar boleto. Ahorrarse el pasaje de ida y vuelta significaba para ella que al día siguiente iba a llegar con la plata a comprarse un apunte de estudio o un paquete de cigarrillos.  También era su pequeña expresión de disconformidad con el sistema, su “sana rebeldía”.

La estación Constitución estaba llena. Había trenes cuyos vagones estaban completamente copados por gente que volvía de “cartonear” para asegurarse la subsistencia. A veces, si no se disponía de una formación entera, se incendiaba algún vagón en represalia o bien, como advertencia.

El paso a los andenes se daba a través de molinetes, custodiados por agentes de seguridad, comúnmente llamados “guardas” o vulgarmente llamados “chanchos”, que controlaban el paso de cada usuario, en debida posesión de su “boleto en mano”. A menudo ella mantenía discusiones fugaces con estos individuos. La temática siempre giraba en torno al pasaje que ella no compraba. Y que “entonces por qué no te tomás el colectivo” y  “vamos a ver si ahí te dejan pasar sin sacar boleto”, y  que “Yo tengo derecho porque es un servicio público y es malísimo” y  “Por qué te ponés la camiseta de esta empresa que también es tu perdición, y por qué estás  en mi contra que soy igual que vos, parte del pueblo…” “Andá ya a sacar boleto piba. La boletería es ahí al fondo”. Cosas así.

Aquella noche, en que nuestra protagonista llegó a la estación de Constitución, se suscitó otra de las discusiones antes descritas y por los mismos simples motivos, ya mencionados. La diferencia fue que esta vez hubo otros actores involucrados en la escena ferroviaria. La Jóven apuraba el paso para hacer efectivo su ingreso gratuito a los andenes de tren. Un guarda la interrumpió, solicitándole que mostrara su “boleto en mano”. Acto seguido, sobrevino la mini-contienda ya conocida por quien lee. El tono de la discusión se  volvía cada vez más elevado. Se acercó una “chica en situación de calle” que sería amiga o, como quien diría “paraba” con el “chancho inquisidor”. Empezó a decirle a la jóven, casi a los gritos y amenazadoramente, acercándosele como si tuviera intención de pegarle, que se dejara de “joder” y que fuera a “sacar boleto ahora o si no había entendido bien lo que tenía que hacer”. Al parecer, tal intimidación no funcionó con nuestra protagonista. Lo mismo, siguió en su postura y también elevando cada vez más el tono de voz. El “chancho inquisidor” se alejó unos segundos. Fue a llamar a alguien más, quien acudió al instante. Se trataba, nada más ni nada menos, que de un agente de la policía. El sujeto agarró la billetera de su bolsillo y sacando su identificación de policía, la mostró a la jóven, que se sintió perpleja por un instante.

-Me va a tener que acompañar-, dijo el “cana”. Entonces, ella buscó en su bolso, sacó su billetera y mostró su D. N. I. al policía.

Un joven, al que podríamos definir como “testigo omnisciente” hasta ese momento de aquella cuasi desopilante escena, se acercó a la  furiosa joven y con  calmada voz le habló al oído: -Si querés pasar sin pagar, quedate acá conmigo. Vamos al medio del hall y cuando se junta la muchedumbre corremos entre la gente y quedamos en el andén.

Él era muy alto. Estaba vestido con un pullover marrón claro y un pantalón de jean celeste, también claro. Llevaba un carro de hierro a rueditas con un cajón de verdulería que improvisaba un contenedor. Ella, ya mareada y con temor, se dejó llevar hasta el centro del hall. -¡Ahora!-, gritó el joven. Dando la señal de alerta jamás pactada, aunque sí fraternalmente internalizada y conocida por ambos.

Los dos corrieron juntos entre el gentío, ante la actitud y la mirada atónita de los guardas, que giraban sobre su propio eje, junto a los molinetes.

Ya arriba del tren, buscaron asiento de dos. Ella respiraba agitadamente, todavía le duraba la tensión nerviosa. Él le dijo, con la misma calma que desde un principio, que ya estaba, que se tranquilizara. Le contó que trabajaba todo el día en una verdulería del Centro y que, a veces, también se sentía muy nervioso y triste, “bajoneado”, cuando sus compañeros de trabajo y su jefe hacían cosas que “lo jodían”. Pero entonces, al llegar a su casa iba a su pieza y se tiraba en la cama, con  los auriculares puestos y escuchaba un conjunto musical llamado “Los Leales” y se le pasaba todo. Ella conocía de qué banda se trataba pero nunca le había prestado atención, porque era un conjunto que hacía música tropical y el subgénero de las cumbias no era el estilo musical que más le gustaba. Sin embargo, escuchó muy atentamente lo que el chico le relataba y de pronto sintió ganas de escuchar a “Los Leales”. Pero no era eso, o sí lo era…Quién sabe.

El tren empezó a andar y antes de bajarse, en la próxima estación, él sacó un papelito sucio y arrugado del bolsillo y anotó con letra desprolija su nombre y su teléfono. -Cuando estés aburrida o cuando tengas ganas, si querés llamame.

Finalmente, la joven llegó a su casa. Con el pecho henchido subió rápido las escaleras hasta su habitación. Sin vacilar, llamó por teléfono a su novio y le contó todo lo vivido con pelos y señales. Del otro lado se escuchaba un silencio de espectador y después la chica quiso saber qué pasaba, por qué del otro lado del teléfono no se articulaba palabra. -Y qué querés que te diga… es una locura pero tu historia está buenísima.

Al día siguiente, la rutina de nuestra joven protagonista prosiguió. Cuando llegó esa noche a la estación Plaza Constitución miró las boleterías, casi con resignación. En todas y cada una de las ventanillas había un cartel pegado donde se leía claramente: “Compañeros, hoy nadie saca boleto, viajen gratis. Las boleterías y el tren, son nuestros”. Sonrió para sí y a un guarda, mientras avanzaba tranquilamente, pasando entre los molinetes, hacia el andén.

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