Redacción

Deconstruyendo una genealogía.

“POSSO NÃO SER MUITO ALEGRE, MAS TRISTE TAMBÉM NÃO SOU. A ALEGRIA E A TRISTEZA SÃO VIZINHAS. NÃO SOU DE VESTIR MÁSCARAS, NEM NADA DISSO, MAS GOSTO DE VER AS PESSOAS DANÇANDO.”
Cesária Évora.

Existe una huella ancestral en mí que ha sabido manifestarse a través de la silueta, la música, la “sodade”. También, al parecer, desde la autoinmunidad. Tampoco me fue tan difícil saber lo que significa bregar por transformar el sufrimiento en resistencia y taciturna alegría.

Hay una impronta que me acompaña, a la que descubrí no tan rebosante de felicidad plena.

Estaba en mi paladar, en mi extraño gusto por lo agridulce. Estaba en  las mornas y coladeiras que cantaba Cesária Évora acompasándose con algún bailecito familiar. Siempre estuvo y supo esperar el momento adecuado para manifestar toda su amargura. Por eso veo a mi abuela llorando en sueños, porque quizás ella ya sabía cómo era la parte púramente ácida de las cosas, ya lo había experimentado en su propia carne.

Entiendo que hay ramas que debo cortar de este árbol genealógico. Asumo que ya es hora de que mis abuelas dejen de llorar aun en sueños, porque ya no se encuentran en vida terrena, ( llegará el momento en que evoque a mi otra rama ancestral).

Ya se va haciendo la hora de profundizar en el costado dulce que también he podido encontrar en cada instante, lo que me mantiene erguida. Creo que va siendo tiempo de que cambie ese ambiente onírico, de desaprender esa acidez que conecta mis sentimientos.

Motivos sobran.

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