Literatura, Redacción, Tercera Edad, Trabajo Social

Una anciana y sus secretos

Buenos días para todo el que me lee

Hace unos años, y creo que ya se podría decir, una cantidad de años considerable; me desempeñé como trabajadora social en un geriátrico. Durante el proceso de inserción diagnóstica, me propuse un día, entrevistar a los/as residentes acerca de sus amores en el pasado. Puse especial atención en aquéllos  que eran solteros.

En una de mis recorridas por las inmediaciones de la institución conocí a María. Entonces le pregunté.

Muy firme y con una mirada profunda de ojos color miel, que me es difícil olvidar, me aseguró: -Sí… Tuve un gran amor… Pero no te puedo contar.

Sí me contó que era pianista y que vivía con su papá en Capital Federal. Que tuvo muchos pretendientes pero que sólo uno logró conquistar su corazón. Sin embargo, lo habría rechazado para quedarse al lado de su padre y fue pasando la vida. Más no me podía contar, porque decía que era “secreto“.

Yo profesionalmente pensé: -Qué rica su historia. Se podría trabajar la historia de vida partiendo del noviazgo.

Personalmente soñé: -¿Cuál será su secreto?, ¿Por qué se habrá quedado con el padre?¡Qué hermosa mirada!, que todo lo tiñe de cierto color fulguroso, en este lugar que todo parece tan reseco.

Y así me fui a casa, contenta con la siembra y con la cosecha. En ese momento, sueño e intervención se me mezclaban como similitudes. Quizás por mi edad… Quizás por mi corta experiencia… Quizás por ninguna de esas cosas. Yo era y soy así, y soy trabajadora social. Hay algo del Trabajo Social que roza con la poesía. Existe una pasión inexplicable, en la que se nos va la rutina. Quizás por eso me llegó tanto la pequeña historia de la anciana . Su sensata seguridad, dentro de ese clima institucional tan insensato. Ella misma y su profunda mirada de veracidad, diagnosticada con demencia senil.
Le escribí una canción. Se la canté, acompañándome tímidamente con la guitarra a mi marido.
Nunca la pude compartir en el geriátrico. No tuve oportunidad.

Y ahí permaneció María sin contar su secreto, con su mirada profunda y empañada por el humo del té con leche. Tarde tras tarde de mis recorridas, tomando la merienda en el primer piso, sentada a una mesa redonda, junto a su amiga Ofelia, con la que había llegado derivada de otro Hogar.
Cuando revisé los antecedentes en su Historia Clínica, leí parte de sus secretos de ancianidad. En los apartados de Psiquiatría, Psicología y Trabajo Social se hacía mención a lo mismo, referido por la anciana: María solía visualizar por momentos un enrejado que la atormentaba, lo cual se interpretaba como síntoma de su fobia social.

La Canción:
Contame esos secretos
que no me podés contar,
decime que rareza esconden
tus ojos , tu tierno mirar.

Quisiera encontrar en tu rostro
ese cuento de princesa real,
Que por tantos años pasados
no te atrevés a evocar.

Lala, lalá, lalaila lalá, lalá…
Lala, lalá, lalaila lalá, lalá…
Lala, lalá, lalaila lalá, lalá…
Lala, lalá, lalaila lalá, lalá…

Un dejo de juventud
yo he advertido.
Tu alma de eterna novia
no sabe del olvido.

Ooh,Lala, lalá, lalaila lalá, lalá…
Lala, lalá, lalaila lalá, lalá…

Por Evangelina Da Fonseca.

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